15 de julio de 2017

¡¡¡Carterooooooo!!! Escuchar al cartero gritar en la vereda de tu casa y recibir correspondencia, no tenía precio. Era como recibir un regalo.

Escuchar al cartero gritar en la vereda de tu casa y recibir correspondencia, no tenía precio. Era como recibir un regalo. Seguro era carta de la abuela, de los tíos o de papá que estaba lejos. Saludos siempre afectuosos y besos perfectamente doblados y guardados dentro de un sobre luego estampillado y sellado. “A ver si vienen”, solíamos leer. “Los extrañamos”. El cartero era un como un repartidor de sonrisas y alegrías a domicilio. Todos los días recorriendo las calles de la ciudad, de vecino en vecino, con un portafolio lleno de mensajes y “nos vemos pronto”. Si no tenías buzón, la carta volaba por debajo de la hendidura de la puerta y se escuchaba el clásico: “¡carterooooooo!”.

Una carta era una especie de Whatsapp viajando a pié o en bicicleta por el ciberespacio. Una carta servía para estrechar lazos y fortalecer vínculos. Permitía sobrellevar con menos tristezas las ausencias. Una buena y fluida correspondencia podía alimentar una amistad o relación de por vida sin importar la distancia. Y aunque a veces las noticias podían no ser tan buenas, en líneas generales una carta era siempre un momento de júbilo. Sí, es verdad, todo demoraba un montón y más aun dependiendo del destino, pero la ansiedad y la espera no eran un problema, teníamos otros tiempos. El mundo no era tan vertiginoso. Todo se disfrutaba de una manera diferente.

Nuestras madres, que todo guardaban por las dudas, solían conservar esas cartas como tesoros, porque era la voz de los afectos, de nuestra gente querida. Si el texto venía acompañado de una foto (archivo adjunto), la alegría era infinita. Siempre era posible volver a leerlas y cuando el tiempo las volvía amarillentas y las llenaba de recuerdos, adquirían un significado diferente. Jamás vaciábamos nuestra papelera de reciclaje, aún conservo la hermosa correspondencia entre mis padres.

Mi casa estaba ubicada en la calle López, justo al lado del Viejo Correo y la vivienda familiar, una sólida construcción de ladrillos, probablemente de los años veinte. El jefe, Don Remo Sarlenga y toda su familia, eran como mi familia, y los carteros, ese delivery de mensajes, mis amigos. Un viejo tejido separaba ambas propiedades, hicimos un hueco con mi hermana de tanto ir y venir. Recuerdo cada rincón de la casa. La mampara de hierro con vidrio repartido. Los sillones de madera y mimbre. La galería. El enorme patio. La glorieta. La hamaca. Los árboles frutales. La planta del té de burro. La oficina donde hoy funciona la farmacia de Bustamante. La enorme mesa para clasificar y distribuir cartas. Sobre el final la oficina del Jefe. En su escritorio la balanza para pesar correspondencia, una diminuta preciosura que soñaba con llevarme a mi casa. Y por supuesto las máquinas de escribir Underwood, el sueño negro y dorado de cualquier escritor. Debajo de la casa, un sótano inundado de cartas que jamás llegaron a destino. ¿Que habrán dicho? ¿Qué cosas nunca se leyeron? Cuanto destinatario perdido, cuantos “te quiero” extraviados.

El Correo es una empresa estatal que viene de la época de la Colonia. En 1972 recibe el nombre de ENCOTEL (Empresa Nacional de Correos y Telégrafos), en los noventa se privatiza y se transforma en ENCOTESA. En el 2003 se re estatiza a medias, siendo su nueva y actual denominación: CORREO ARGENTINO. La Institución comienza entonces un largo peregrinaje por distintos sectores de la ciudad. En ese deambular, nos quedamos esperando el nuevo edificio iniciado durante la intendencia de Rolando Echeverría y jamás terminado. Creo que la causa prescribió.

Pero no todo eran cartas, telegramas o giros postales. A través del Correo podíamos hacer un montón de cosas, como los famosos cursos por correspondencia. Absolutamente todo se aprendía vía postal: electricidad, mecánica del automóvil, radio y tv, dibujo y pintura. Los depósitos con estampillas en la vieja y querida Libreta Nacional de Ahorro, también era un trámite que se hacía en el Correo, el homebanking aún estaba muy lejos. “El ahorro es la base de la fortuna”, nos decían. Era otro país, teníamos otros sueños. La Institución además está íntimamente ligada al maravilloso mundo de la Filatelia y la pasión por coleccionar sellos y otras pequeñeces maravillosas, obras de arte en miniatura. De una forma u otra el Correo siempre estuvo presente en nuestras vidas, en mi vida.
Hace tiempo le hemos dicho adiós a las cartas. Hemos dejado de escribir. El correo versus la inmediatez de los nuevos medios. La ansiedad y los tiempos de espera. Ahora estamos conectados online, pero se ha perdido la comunicación. Tenemos que volver a redactar de puño y letra, a la letra manuscrita. A hacer hincapié en la línea, en la forma, en la caligrafía. Recuperar nuestro hermoso lenguaje. La escritura y la caligrafía son las herramientas más asombrosas que disponemos y las hemos abandonado. Todo se ha vuelto cortado y abreviado. No todo es un emoticón (que utilizo y me gustan). La celeridad y la síntesis afectan la calidad del texto y por supuesto todo el encanto.

Las cartas de carácter privado están hoy en peligro de extinción. El cartero tal como lo conocimos, como repartidor de sonrisas y alegrías a domicilio, es hoy casi una postal de época. Ahora cuando pasan, es para dejarte la boleta de la luz o el cable. Los buzones, rojos y redondos (luego azules), parecen restos fósiles del Período Pleistoceno.

Una nueva historia llega a su fin, esta vez de carácter epistolar…, destinada a rescatar ese viejo y querido Correo, y esas maravillosas cartas que a menudo pasaban por debajo de la hendidura de la puerta llenándonos de dicha y felicidad. Queremos volver a escuchar en la vereda el grito de: “¡¡¡carterooooooooo…!!!”. Volvamos a escribir cartas, no matemos al mensajero.

Nota al pie: Si este mensaje no llegara a manos del destinatario, se ruega por favor, devolver al remitente…

Rtte.: Ávila, Darío Sergio
Dirección: (2134) – Roldán