11 de enero de 2018

El taller de Liliana Zanchi Su objetivo era trabajar sobre nuestra capacidad creadora, nuestra sensibilidad respecto del mundo que nos rodea, aprender a mirar las cosas de un modo diferente.

Por Darío Sergio Ávila

Nuestro primer contacto con el mundo del arte fue en el taller de Liliana Zanchi. Allí supimos de un tal Kandinsky, Miró y también de alguien llamado Paul Klee, tipos grandes que parecían pintar con la libertad, la mirada y el corazón de un niño. A partir de ese momento nada volvería a ser lo mismo para nosotros. Un hermoso lugar en el que podíamos pintar, crear, inventar, experimentar, interactuar, todo eso mientras jugábamos.

Un mundo nuevo se desplegaba ante nuestros ojos, aunque tal vez no lo supiéramos muy bien en ese momento. A la edad de 23 años, Liliana Zanchi, sentaba las bases en Roldán, de un nuevo concepto de taller de expresión plástica infantil, que sin temor a equivocarme, marcará a fuego a todos los que tuvimos la suerte de pasar por allí.

Liliana Amelia Zanchi Bureau, “la Lili”, nace en Roldán el 26 de noviembre de 1946, hija de Don Carlos Zanchi y Dora Bureau. Es la cuarta generación de habitantes de la localidad. Digamos, su familia, es una familia pionera. En 1967 obtiene el título de Decoradora de Interiores (Diseño Equipacional) en el Instituto Superior de Educación Técnica Nº 18 “20 de Junio” (hoy el ISET 18). En 1974 el de Profesora de Artes Visuales en la Escuela Provincial de Artes Visuales de calle San Martín 474 (hoy Alem y Gaboto).

“Me identifiqué enseguida con los nuevos conceptos sobre el desarrollo de la expresión a través del dibujo, tan ligado al proceso emocional, promoviendo la autoconfianza de los chicos”, dice Liliana con certeza,“el desarrollo de la creatividad fue el eje del taller”, y estamos de acuerdo. Su objetivo era trabajar sobre nuestra capacidad creadora, nuestra sensibilidad respecto del mundo que nos rodea, aprender a mirar las cosas de un modo diferente. Además de enseñarnos sobre el respeto, la amistad y el compañerismo. O sobre cómo compartir. Eso en una etapa de pleno crecimiento, no es poca cosa.

El Taller de Libre Expresión Creadora de Roldán para niños de entre 2 y 10 años, funciona en dos etapas diferentes. La primera a partir del año 1969 y hasta 1974 en la calle San Martín 1061. Una de las propiedades más antiguas de la localidad, perteneciente a la familia Bureau (rama materna), las escrituras hablan del año 1873. Lamentablemente hoy desaparecida. No recuerdo el día pero allí nos juntábamos cada semana a trabajar, imaginar, descubrir, reírnos a carcajadas. La segunda etapa, tiene lugar algunos años después entre 1986 y 1994 en la calle Pellegrini 1295 (su actual vivienda). Por ambos espacios de aprendizaje (catorce años aproximadamente) pasó gran parte de los niños de la ciudad.

Fueron los padres primero y en algunos casos los hijos de los padres después. Con una edad que hoy rondaría entre los 30 y los 60 años.
En el impasse de ambas experiencias, formaliza su relación con Nucho Giorgiani, su compañero de ruta, un tipo sumamente especial, que respeta y acompaña cada uno de sus emprendimientos y decisiones. Su socio de toda la vida. En ese mismo año (1975), es becada por el Rotary Club para estudiar Arte Precolombino en Perú y allá fueron ambos. Es el período de los objetos hechos en cantos rodados. Pequeñas obras de arte, maravillas en miniatura. De 1978 hasta el año 2006, fecha de su retiro, trabaja como docente en la Colegio Paul Harris. Toda una vida dedicada a la enseñanza del Arte.

Del 69 al 72 organiza varias muestras y participa de algunas exposiciones importantes. Particularmente, recuerdo el “2º Salón de Dibujo y Pintura Infantil”, en la Sociedad de Artistas Plásticos de Rosario (San Lorenzo 1035), del 1º al 8 de agosto de 1970. Para nosotros ese fue un enorme acontecimiento.

El primer taller tenía su base de operaciones en el living de la vieja casona, nuestro reducto, nuestro espacio creativo. Un lugar muy especial que recuerdo con sumo cariño, lleno de libros, vinilos y muchos “tic tacs”. Una delas paredes estaba cubierta de relojes de todos los tamaños y formas. Su papá, Don Carlos, era relojero. De esa forma, nuestro tiempo parecía transcurrir de un modo diferente.Nuestro sitio era el living, pero podíamos trabajar en cualquier lado, en el patio, la vereda, o en la plaza. Sobre una mesa o sentados en el suelo. Solos o en grupo. Con pinceles o tan solo con los dedos. Siempre había una motivación y un disparador diferente, música, lecturas, diálogos, paseos. Ella era muy respetuosa de nuestros gustos e intereses. Experimentábamos todo el tiempo con los materiales. La alacena de mi casa era la principal proveedora de materia prima:maíz, arroz, fideos, lentejas, sémola, con lo cual la producción se volvía sumamente consistente y llena de texturas.

Todo servía, todo se transformaba. Siempre intervenía el factor sorpresa. La utilización de materiales no convencionales, expande nuestras posibilidades, nuestro lenguaje creativo. Una práctica muy contemporánea, donde procedimientos y técnicas se confunden y los límites se vuelven borrosos y difusos.

Un espacio mágico, lleno de pinceles, colores y manos sucias. Guardapolvos, temperas Alba y caramelos Sugus en el bolsillo. El block de hojas Miguel Ángel, los lápices 4B y las famosas hueveras que usábamos de paletas. Un hermoso lugar de encuentro. Todo transcurría plácidamente y en armonía, mientras la increíble María Elena Walsh nos cantaba al oído: “Vamos a ver como es el mundo del revés”, y algo sobre una tortuga llamada Manuelita que nadie sabe bien porque se fue de Pehuajó. Así funcionaba todo, entre risas y tinta china, entre garabatos y “obras de arte”. Éramos como un Club de niños pintores…, y sí…, allí fuimos muy felices. Una bella e inteligente manera de crecer. Por eso creo que todos esos chicos, hoy adultos, estamos en deuda con ella y con su mágico taller. La ciudad está en deuda.

El Taller fue una hermosa excusa para elaborar un texto íntimo, cargado de afecto. A través de la palabra justa, “la sonrisa perfecta”, en un acto de total reconocimiento y gratitud. Rescatar, recuperar, reivindicar, dejar testimonio de las acciones y los hechos, es nuestra tarea. Liliana Zanchi, la “Lili”, cuarta generación de habitantes de la localidad. Innovadora, trasgresora, inteligente. Pasional, comprometida, muy generosa. Riqueza interior, belleza exterior. Una mujer maravillosa y única que se encargó de llenar de colores cada uno de nuestros pequeños corazones.