4 de Marzo de 2017

El Chelo y la Chela Con un carro desvencijado, una vieja bicicleta y algún que otro sueño roto, ellos iban y venían todos los días por las calles de la ciudad arrastrando desdichas y desilusiones, además de cartones y botellas vacías.

Por Darío Ávila

Con un carro desvencijado, una vieja bicicleta y algún que otro sueño roto, ellos iban y venían todos los días por las calles de la ciudad arrastrando desdichas y desilusiones, además de cartones y botellas vacías. Las calles eran su habitad, su territorio, y aunque tal vez no lo supieran, el sitio donde patear broncas y malditas realidades. A pesar de la situación, que era precaria, nunca dejaban de sonreír. A menudo se los escuchaba hablar, aunque en un indescifrable dialecto, ¡y vaya uno a saber qué decían! Pero ellos iban y venían todo el tiempo sin importar nada, cumpliendo con su diaria rutina, a su manera, creo, “eran dos chicos felices”. El Chelo y la Chela, Esteban y “la Mirta”, hermanos y cartoneros de oficio, cirujas, los Juanito Laguna de Roldán. El cirujeo es lo que siempre hicieron, lo que sabían, lo que podían hacer dentro de una “capacidad que era menor”. Vivian con su madre, María Rosa del Carmen, en la calle Independencia y Juan José Paso, al final del pueblo tras una montaña de basura, que no sé a quién le vendían, pero que igualmente ellos acumulaban aunque sólo fuese para seguir apilando más miseria. Eran ocho hermanos, la mayoría de ellos de apellido Flores, el Chelo llevaba el de su madre, Kasianczuc, la Chela el de su padre un tal Díaz.

Detrás o debajo de las destartaladas ruedas, un cortejo de perritos acompañaba, “siempre juntos a la par”, la propia Guardia Urbana, incondicionales amigos que nada saben de infortunios o discapacidades, fidelidad ante todo, “qué me van a hablar de amor…”. Dos “locos” lindos, que eran partes del paisaje urbano de la ciudad, verlos pasar era absolutamente necesario y casi una postal. Siempre generaban una sonrisa, aunque algo extraña y difícil de interpretar.

Pero “la Mirta” ya no está, un día se fue, tomó altura y muy alto voló, y ahora es una estrella muy chiquita que ilumina desde el cielo. Y él que nada tenía, muy solo se quedó, y ahora es el Chelo sin la Chela, con una madre que intenta ser soporte, pero que es demasiado grande para esos menesteres. De esa forma y en ese contexto, la dura rutina continúa…

El Chelo y la Chela, Esteban y “la Mirta”, habitantes de un mundo de cartón y cosas viejas, un mundo de necesidades y carencias, siempre en las orillas, en las márgenes, en la absurda periferia, arrastrando tristezas y desencantos, que tal vez ellos no eran capaces de comprender. Ambos fueron y son parte de un Roldán que nos duele y no podemos explicar.