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Aquellos 20 minutos de una tarde primaveral con el Trinche

A un año del robo que nos arrebató a Tomás Carlovich, viajamos en el tiempo al día en que lo conocimos. Una charla a la que llegó sobre la hora a su casa de calle Guatemala y en la que se quitó méritos en cada respuesta.

Por: Nicolás Galliari

“Trinche, estamos en tu casa, ¿te acordas que habíamos dicho a las 17 horas?”, se escucha de un lado del teléfono. “Pibe, no son las 5 todavía”, contesta el interlocutor. Claro, son las 16:59 de un miércoles de octubre de 2015 muy primaveral. A los pocos segundos, se lo ve a Tomás Felipe Carlovich llegar en su bicicleta, con su característico andar cansino y una calma inmutable. Llega a horario, pese a que quien aquí escribe se apresuró en llamarlo para ver si la entrevista seguía en pie. El hombre saluda, guarda su bici y se presta a la charla.

Estamos en su casa de calle Guatemala, por la zona oeste de Rosario. Es antes de cruzar Provincias Unidas, si uno viaja desde Roldán por Ruta 9. Junto a nosotros está uno de mis compañeros del programa de Radio Nacional por el que días más tarde saldrá la nota, ya editada. Para eso hay tiempo, ya que recién el lunes saldremos al aire nuevamente con Escapando de la Noticia, un lugar en el que, como su nombre indica, lo esencial es escapar a la vorágine del día a día y contar historias de la ciudad. El Trinche es sin duda una de las más grandes.

Por la calle pasan unos pocos autos, la zona es muy de barrio. Luego, cuando uno escucha el audio, se corrobora cómo los pájaros no solo brindan sonido ambiente, sino que por unos pequeños instantes tapan hasta al propio protagonista. Es que Carlovich, una vez que llegó, hizo que la nota fuese al aire libre, en la vereda. Dentro esperaba su padre, quien nos había ofrecido merendar unos minutos antes. Se trata de un yugoslavo anciano no vidente que, en su momento, llegó a Rosario para instalar cañerías y formar una familia. Son 20 minutos de charla con quien fuera el crack de Central Córdoba, que en cada respuesta aprovecha para quitarse mérito.

“Qué voy a ser como Maradona yo… Tal vez se dio por el estilo de uno, el zurdo siempre parece que fuera distinto a los demás”, explica. “Se dicen muchas cosas. Si fuera por eso, aquel día en cancha de Newell’s parece que hubo un millón de personas”, contesta sobre aquel partido en que, jugando para la selección rosarina, bailó al equipo argentino que se preparaba para el Mundial 1974. “Estaba rodeado de grandes compañeros, tenía la obligación de hacer lo mejor”, cuenta y pasa a enumerar los jugadores con los que compartió cancha.

Lejos de evocar grandes marcas y de rememorar sucesos de su época como jugador, el Trinche no pelea con su memoria para recordar partidos o golazos. No le interesan. Al fin y al cabo, es un hombre que siempre persiguió el mismo objetivo: jugar para ser feliz. Central Córdoba era el lugar en el mundo para ese jugador que ya es parte de nuestro patrimonio cultural. La charla finaliza y él, que nos atiende de chomba, jeans y zapatillas, se presta para la foto. Nosotros emprendemos el regreso y él entra a casa de su padre. En un ratito, seguramente tomará nuevamente la bicicleta para recorrer las calles y saludar a los vecinos.