Trabajó en las grandes ligas de la gastronomía en Rosario, se alejó del ruido y abrió en Roldán un espacio para disfrutar de la comida casera
Luego de muchos años de trabajo frenético en importantes restaurantes, Mariano Drovetta se mudó a Roldán y, desde su hogar, organiza encuentros grupales que reivindican el arte de cocinar. Una novedosa propuesta que apunta al encuentro y al disfrute.
Mariano tenía cinco años, había faltado a la escuela por un motivo que ya no recuerda y su abuela lo sentó frente al televisor para que viera El Zorro. Una vez que terminó ese programa, comenzó el de Nilda de Siemienczuk, la histórica cocinera rosarina que fue pionera en llevar sus conocimientos a la televisión. Aquel momento marcó el comienzo de su relación con la cocina, una simbiosis que se mantiene hasta la actualidad y que lo llevó a conquistar diferentes espacios. Hasta su casa en Roldán, donde transmite su pasión desde un sentido lúdico y no convencional.
Lo que le devolvió la pantalla lo maravilló tanto que, asegura, se siente cocinero desde aquel día. Había descubierto un mundo nuevo que ya no abandonó y, años más tarde, se transformó en su profesión. Fue protagonista en las grandes ligas de la gastronomía de Rosario por un tiempo prolongado, hasta que encontró una manera de compartir sus saberes mediante talleres y encuentros que le permiten conocer gente nueva. Y fue así que llegó a Roldán, un sitio al que describe como su “lugar en el mundo”, donde mezcla la cocina con el arte.
“Todo empezó hace 25 años. Desde mis 20 a mis 30 tuve una empresa muy grande de gastronomía en Rosario. Restaurantes, salones de fiesta, comedores de empresas y clubes, y catering. Miles de cubiertos diarios”, contó Mariano Drovetta a El Roldanense. Al nacer su primera hija, decidió correrse para llevar una vida más tranquila y comenzó una carrera de solista. Abrió el primer restó cerrado de la región, llamado El Fresno y el Tren, donde el menú era sorpresa y cocinaba en vivo para los comensales. Era el puntapié de lo que haría años más tarde.
De esa manera comenzó lo que él mismo llamó “teatro gastronómico”, un lugar que representaba algo más que una experiencia culinaria. A la par, hacía temporada en el norte de Uruguay, cerca de Brasil, manteniendo el sello de la cocina en vivo y la incógnita sobre el menú, y realizaba caterings privados con la misma temática. “Fue algo más artístico, pude cocinar lo que yo quería, y surgió esa propuesta para no caer en el menú cuadrado. Luego llegó Bonito Comedor, en Fisherton, por la misma senda, esta vez en un predio abierto que supo ser stud de polo”, recordó.
La gran labor gastronómica que tuvo a sus comienzos, en un ambiente frenético que compartió con sus socios, había hecho que algo de esa pasión se apagara. “Fue un poquito por la rutina y el lío de tener una empresa tan grande en Rosario. Empecé a hacer lo que siempre me gustó y volví a cocinar en casa para amigos y familia”, rememoró. “En el intercambio con la gente, me di cuenta que sabía un montón por la experiencia que tenía. Como lo hacía con tanto disfrute, las personas se acercaban y preguntaban”, señaló.
“En ese momento noté la necesidad de muchos de ver la cocina desde este lugar, y no desde lo técnico o lo que pueda traer como carga”, recordó Mariano, mirando hacia atrás en su propia línea histórica. Nació su segunda hija y dejó de trabajar los fines de semana. Así llegó la idea de crear en 2024 los talleres en Roldán, adonde se mudó con su familia en 2017. Un espacio que comparte con su esposa Carolina, arteterapeuta y artista plástica. “Queríamos hacer algo juntos y surgió ATELIER MACA, que incluye La Cocina de Mariano y El Zorro Taller de Arte Recreativo”.
La dinámica de los encuentros es grupal y convoca personas no solo de Roldán, sino también de ciudades vecinas como Funes y Rosario. “Son talleres aleatorios donde mi intención es mostrar la cocina como un juego, ponerle sentido común, quitarles trabas, para que al ponernos a cocinar lo hagamos en pleno disfrute”, describió. “Cada taller trae mucho conocimiento, herramientas y tips. Reivindicamos la cocina casera, los sabores genuinos. La gente se lleva ideas nuevas y un montón de saberes para poner en práctica y agrandar sus menúes cotidianos”, añadió.
Drovetta aseguró que no hay una experiencia similar en la región. “Todos hacemos todo para luego quedarnos a cenar lo que se haya hecho. Se generan hermosos momentos, donde se conoce gente nueva mientras se amasa la masa”, detalló entusiasmado. “Tengo miles de anécdotas. Lo que más me llevo es conocer personas en el camino, disfruto mucho de ver sus mundos. Hay talleres de cocina por un lado, talleres de arte por otro y talleres de arte y cocina. Con Caro estamos todo el tiempo jugando a crear cosas nuevas”, narró.
“Aquí podemos compartir lo que sabemos y nos gusta. Nos damos cuenta de que es mucho más que un espacio de cocina o arte, es una experiencia re linda y la gente se encuentra compartiendo algo en común. Eso hace que se conecten y de esa forma se generan grupos muy lindos”, expresó Mariano. “La parte humana, es decir el encuentro de personas de diferentes lugares, es lo mejor de todo. El hecho de compartir hace que sea muy genuino, muy real, no hay caretas. Cada uno es como es. Es un lugar que nos da mucho más de lo que damos”, celebró.
Los talleres llegaron por el deseo de ambos de crear un espacio familiar en el que comparten lo que les gusta y saben hacer. “Lo hicimos para nosotros, nos hace fuertes. La última década en gastronomía tuvo escenarios en los que me permití cocinar como me gusta, para poder ser yo al 100%”, destacó. “A la gente le llega, los alienta a querer habitarlo y creo que disfrutan la genuinidad”, aseguró, y celebró: “Estos 25 años entre sartenes y cuchillos me han dejado un vasto conocimiento y decidí compartirlo así como me gusta, jugando”.


